Un pasaporte robado, una inadmisión y las lecciones de manejo de crisis

Hace unas semanas viví una situación personal que fácilmente podría catalogarse como una pequeña crisis.

En un vuelo Bogotá-México desapareció dentro del avión mi billetera con mi pasaporte. Al llegar a migración simplemente no lo tenía. Después de cuatro horas de búsqueda por parte del personal en tierra de Avianca, nunca apareció. No pude ingresar al país y fui inadmitida.

Tras seis horas en el “cuartico” del aeropuerto, decenas de llamadas buscando ayuda y una larga noche sin respuestas, al día siguiente en la madrugada estaba regresando a Bogotá por la zona de personas inadmitidas.

Estar en un país ajeno sin documentos genera una cadena de micro momentos de estrés, incertidumbre y angustia. Sin embargo, cuando todo terminó, entendí algo que me sorprendió: las crisis personales y las crisis empresariales se parecen mucho más de lo que pensamos.

Mantener la calma

Me sorprendió mi calma. Mi mindfulness real. Mi capacidad de surrender. En ningún momento me perdí de mi centro. Sabía, con una certeza muy profunda, que todo iba a estar bien. Y lo estuvo.

En las crisis corporativas ocurre algo similar. Cuando una empresa entra en una situación crítica, el activo más importante es la cabeza fría. Las decisiones impulsivas solo amplifican el problema. Las organizaciones que mejor atraviesan las crisis son aquellas capaces de analizar con serenidad incluso en medio de la presión.

La calma no resuelve la crisis, pero sí permite tomar mejores decisiones.

El poder de las redes

En cuestión de minutos tenía personas en distintos países preocupadas por mi situación. Desde Australia hasta Guatemala. Amigos, colegas y miembros de redes como Entrepreneurs Organization intentando ayudar.

Las crisis ponen a prueba el capital relacional que hemos construido. Lo mismo ocurre con las empresas. Las organizaciones que han cultivado relaciones sólidas con aliados, clientes, autoridades o medios tienen más herramientas para enfrentar momentos complejos.

Las relaciones no se construyen durante la crisis. Se construyen mucho antes.

No forzar lo inevitable

Llamé al cónsul y a varias personas que pensé podían ayudar. Pero rápidamente entendí que insistir en permanecer en México no iba a cambiar la realidad. Había que aceptar la situación y dejar que el proceso siguiera su curso.

En las crisis empresariales ocurre lo mismo. Muchas compañías intentan forzar la narrativa o controlar todas las variables. Pero no todo está bajo control. Parte de una buena gestión de crisis es saber cuándo actuar y cuándo aceptar que ciertos procesos deben seguir su camino mientras se mitigan los daños.

Amabilidad y vulnerabilidad

Durante todo el proceso fui siempre amable además me mostré vulnerable frente a la situación.

Eso generó empatía. Tanto los policías como los oficiales de migración fueron profundamente humanos y buscaron maneras de ayudar.

Cuando las empresas enfrentan crisis con arrogancia o negación, el problema se multiplica. Cuando responden con transparencia y humildad, la conversación cambia.

Menos culpa, más acción

Al inicio me culpé. Pensé que lo había dejado en el avión por descuido. Luego supe que alguien lo había robado. Repetía mentalmente la escena intentando entender qué había pasado.

Pero pronto entendí que culparme o culpar a alguien no cambiaba la situación.

En las crisis empresariales ocurre lo mismo. Identificar responsabilidades es importante, pero quedarse atrapado en la culpa rara vez resuelve el problema. La prioridad siempre debe ser actuar, contener y proteger.

Las crisis, personales o corporativas, siempre nos sacan de nuestra zona de control. Pero también nos recuerdan algo poderoso: lo que realmente define una crisis no es lo que ocurre, sino la forma en que decidimos atravesarla.

Y a veces, incluso desde un pequeño cuarto de migración, uno recuerda que la serenidad, las relaciones y la honestidad siguen siendo las mejores estrategias.

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